El joven yacía tendido boca abajo en la cama. La habitación
era parca, pero atractiva. La colcha era fina, de un rojo brillante. El sol
iluminaba el desnudo piso de madera. Contra la pared, al lado de la puerta,
había un bastón de palo de rosa. Tenía un corazón garabateado en el arco del
mango redondo. El hombre, que no llevaba puesta la camisa, sentía la hebilla
del cinturón presionando su abdomen. La desabrochó. La mujer le apretó los
hombros con las palmas.
-Léeme en griego esta noche -pidió él.
-¿Así nada más? ¿Cualquier tipo de palabras antiguas?
-Precisamente. Cualquier tipo de palabras antiguas.
-Es algo inmaduro. Es como pedirme que te diga algo en francés.
-No. Eso sería distinto. Sería infantil. Mi razón para pedírtelo es otra.
-¿Cuál?
-Mi espalda adolorida, mis manos ásperas, el polvo en mis ojos.
-¿Y en qué te ayudará el griego?
-Me hará olvidar.
-¿Qué?
-Esta miseria.
-Toma un baño caliente.
-Es precisamente lo que haré, pero mientras lo tomo, léeme en sánscrito.
-¿No en griego?
-No. Creo que para relajarse en el agua es preferible el sánscrito.
-Entonces llena la bañera.
-Casi no puedo moverme. ¿Podrías abrir la llave del agua? Solo esta vez.
-Claro, su majestad.
-No estoy siendo perezoso. Es que estoy agotado.
-Lo sé.
-Es por los dos… ¿sabes?
-Lo sé y te lo agradezco.
-Bueno, entonces llena la bañera, por favor. Agua caliente. Tan caliente como
creas que me gustaría.
-Y luego te leeré en sánscrito. ¿Es lo que quieres?
-Me gustaría mucho.
La mujer salió de la habitación. Él oyó sus pasos disparejos.
Un momento después, el ruido de la llave al girar. Comenzó a correr el agua. El
sonido lo tranquilizó.
Ella volvió y comenzó a darle masaje en los hombros.
-Se siente bien -declaró él-. No sé cómo he podido manejar
durante doce horas seguidas.
-Te agradezco que lo hayas hecho.
-Lo hago por nosotros.
-Lo sé.
-Sé que lo sabes. Es solo que me gusta decirlo.
-Un día yo haré algo por ti.
-Ya lo haces.
-Quiero decir, algo como esto. Me refiero a ganarme la vida.
-Ya habrá tiempo para eso.
-Sí. Y entonces tú podrás descansar.
-¿Quieres ver el agua?
-Ahora vuelvo.
La oyó cojear por el desnudo piso de madera. Habían decidido
que era lo mejor. Habían quitado las alfombras persas de imitación para que el
polvo no se acumulara. Extendió la mano para sentir la corriente del filtro de
aire que estaba en la mesa de noche, al lado de la cama, e imaginó las
partículas de polvo que quedaban atrapadas en él. Imaginó un aire limpio y
reparador. Oyó correr el agua en el cuarto de baño. Pensó en la puerta del baño
de la casa victoriana que alquilaban, que daba al patio trasero, y conjuró en
su mente las ardillas y las aves que gustaban de habitar en los frondosos
árboles. Una vez, los dos se habían vuelto hacia el patio, desde la puerta
posterior del cuarto de baño, y habían visto un conejo marrón. Esas imágenes lo
aliviaban tanto como el masaje que ella le había dado, o como lo haría el baño
y el que le leyera en sánscrito.
La situación no era perfecta, pero estaban sacándole el
máximo provecho. Y ella se pondría mejor. Solo era cuestión de tiempo. Un año,
tal vez. Posiblemente dos. Sin embargo, la espera valdría la pena. Y los días
de doce horas de andar entre el tránsito y de respirar humos perniciosos.
Entonces la oyó toser, arquear. Se puso en pie con dificultad. Estaba inclinada
sobre el inodoro, jadeando. Corrió hacia ella y le sostuvo la frente con la
palma, mientras vomitaba. Probablemente no habría lectura esa noche, pero ella
se pondría mejor. En un año, tal vez. Posiblemente dos.
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